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La luz de la noche

Las cuatro siluetas se alejaron, antorchas en mano y pronto fueron tragadas por el abrazo de la noche. Tras ellos dejaban el cadáver de aquel hombre, brutalmente apaleado sobre el suelo de aquella escondida ermita. Todos ellos sabían que las acusaciones de brujería que pesaban sobre él eran fruto de las supersticiones más infundadas y chabacanas, pero su origen incierto, sus extraños viajes, que solían alejarle de la aldea durante meses y la locura de su padre, habían sido el caldo de cultivo perfecto para que un temor irreverente y violento creciese entre la mayor parte de los vecinos.

Muchos estaban totalmente convencidos del origen satánico de aquel pobre diablo, pero no ellos cuatro. Ellos solo eran oportunistas. Su muerte dejaría una jugosa herencia sin nadie que la reclamase: las tierras que se extendían entre el molino y el camino del sur. Ellos acababan de llevar a cabo la tarea que todo el mundo reclamaba pero nadie se atrevía a hacer, así que se habían ganado el derecho a apropiarse de sus tierras.

Cuando el fulgor inexplicable surgió del interior de la ermita besando con fuerza los muros y llenando de luz por un instante aquel claro perdido del bosque, nadie fue testigo, pues nadie había ya por allí. Tampoco hubo nadie al día siguiente, ni al siguiente, ni en las semanas o meses que vinieron después. Nadie que pudiese preguntarse qué extraña fuerza había reclamado el cadáver aún caliente, y lo había hecho desvanecerse como una pluma en una tormenta.

Publicado enEscritura

3 comentarios

  1. ELENA GÓMEZ ELENA GÓMEZ

    Simplemente… ¡wow!

  2. Cristina Cristina

    Que intriga!! Me ha gustado mucho.

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