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Categoría: Libros

El desenlace de Palabras bajo el cielo de Dugalia está muy cerca

No sois pocos los que os habéis aventurado por las tierras de Dugalia a lo largo de las páginas de las dos primeras novelas de la trilogía. Este post es para informaros de que la tercera entrega, que llevará por título La noche oscura del alma, está cerca, muy cerca de ver la luz. De momento, y para ir abriendo boca, os traigo la portada realizada una vez más por la inigualable Elena Castillo.

En breve iré publicando más información sobre La noche oscura del alma. ¡Seguid atentos y no os despistéis si queréis estar al día!

Portada de la última entrega de la trilogía

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Las cosas que llevaban los hombres que lucharon

De cuando en cuando uno da por casualidad con uno de esos libros que te dan que pensar, que te invitan a la reflexión. Es el caso de Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien.

No suelo leer mucha literatura bélica, pero decidí darle una oportunidad a este libro. Valió la pena.

En sus páginas encontramos un testimonio de primera mano sobre el conflicto de Vietnam (O’Brien luchó en esa guerra), pero no es una enumeración de eventos con descripciones vívidas de hechos y de personas. Es más bien un reflejo psicológico de cómo consiguen los hombres orientar su mirada para no quebrarse cuando hacen frente a situaciones tan extremas como las que pueden vivirse en la guerra, cómo se las arregla la mente humana para escapar de la locura, para sobrevivir al pozo de perdición en el que la vida se convierte en ese entorno.

A través de vivencias propias o de sucesos acontecidos a compañeros suyos O’Brien nos acerca a la mente de los soldados, nos explica la fragilidad y la fortaleza que conviven dentro de ella y las dificultades que los militares tenían para encontrar su sitio en la vida una vez que regresaban a sus hogares. Regresaban para descubrir que tras vivir a la velocidad y con la intensidad que el conflicto había imprimido a sus días, su existencia se había transformado en pura lentitud y en puro hastío. Y muchos no eran capaces de adaptarse a la vida normal.

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon no canta a las grandezas de la guerra (si es que acaso existen), no es una defensa de los valores patrios que llevan a los hombres a matarse unos a otros, es tan solo un retrato, gris, desolador y apagado de cómo los hombres viven la guerra y de las huellas que esta deja en sus vidas. Como muestra, un botón.

Una auténtica historia de guerra nunca es moral. No instruye, ni alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento humano correcto, ni impide que los hombres hagan las cosas que los hombres siempre han hecho. Si una historia parece moral, no la creáis. Si al final de una historia de guerra os sentís edificados, o si sentís que una partícula de rectitud se ha salvado de la devastación a gran escala, entonces habéis sido víctimas de una mentira muy antigua y terrible.

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El hombre en busca de sentido

Vivimos tiempos inciertos pero interesantes (aunque uno, sinceramente, preferiría regresar a otros tiempos más anodinos y rutinarios).

Si algo nos ha regalado a la mayoría esta nueva realidad que el coronavirus ha dibujado para nosotros ha sido tiempo para estar con uno mismo, para la reflexión, para aprender a conocernos y a soportarnos mejor. Y también para la lectura.

Uno de los libros que he leído durante las últimas semanas ha sido El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.

Viktor fue un psiquiatra que sufrió un largo encierro en campos de concentración nazis, y no solo sobrevivió a ese encierro, sino que sacó de la experiencia una lectura profunda que le ayudaría a desarrollar la logoterapia, un método  de tratamiento para trastornos y conflictos mentales que acabó convirtiéndose en una de las ramas principales de la psicología.

Es una lectura muy recomendable porque no profundiza demasiado en la parte teórica de su método y además explica muchas de las situaciones que presenció en los campos, y saca de ellas conclusiones fruto del conocimiento profundo del alma humana que desarrolló durante sus años de cautiverio. No en vano asegura que la suya fue la generación que mejor ha llegado a conocer al ser humano. Una afirmación con la cual coincido.

Si tuviera que resumir en una sola frase la lección más importante que me llevo de este libro es la de que las circunstancias de la vida pueden arrebatarnos todo, absolutamente todo, excepto una cosa: la libertad de decidir cómo respondemos a esas circunstancias.

La lectura nos ayuda, nos salva, nos anima o nos acerca a la nostalgia según la situación. Pero también nos enseña. Con este libro he aprendido que, a pesar de la duración y la dureza de este confinamiento, no ha sido nada comparado con lo que miles de personas han superado en el pasado y, sobre todo, he aprendido que tenemos la capacidad de elegir cómo queremos afrontar el encierro y el contacto con el mundo que quedará ahí afuera una vez podamos salir y tratar de recuperar nuestro día a día.

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Olvidado rey Gudú

Ocurre a veces que alguien encuentra, como por casualidad, su novela fetiche. Esa a la que luego es tan sencillo y agradable regresar de cuando en cuando, por ejemplo en esos raros momentos en que la lista de lecturas futuribles se llena de dudas y no presenta ningún candidato concreto. En esos momentos uno siempre sabe que allí, en aquella estantería, le espera esa novela que se muestra más grande y más profunda con cada nueva lectura, porque cada vez que uno retorna a esas páginas lo hace para recordar, revivir y redescubrir. Lo hace para encontrarse de nuevo con quien fue en un momento del pasado, mientras leía por vez primera (o segunda, o tercera, o cuarta, o…) esa novela, porque en los libros el tiempo no transcurre, y en ese oasis, en esa niebla inmortal en la que el gigante del tiempo está dormido es fácil encontrar un refugio contra el mundo, para que no importe si allí afuera todo se está derrumbando.

En mi caso ese oasis, ese refugio, se llama Olvidado rey Gudú, la obra maestra de Ana María Matute. No voy a extenderme mucho sobre esta novela, solo diré que (si uno tiene la paciencia que requiere una obra con el lirismo y el ritmo narrativo que encontraremos en esta) podrá disfrutar de todos los cuentos de hadas y al mismo tiempo de ninguno, pues Olvidado rey Gudú es un enorme cuento infantil mezclado con la crueldad de la vida, y en ella se muestra con una crudeza descarnada, el efecto del paso del tiempo y su capacidad devastadora para desgastar lo que un día fuimos y jamás volveremos a ser.

Leer Olvidado rey Gudú es sentirse al mismo tiempo acariciado y mordido por la nostalgia.

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Pequeño error

A veces uno comete pequeños errores (error totalmente subsanable en este caso, de hecho, el daño ya está reparado). Me refiero a cuando uno compra un libro y lo deja en la estantería a la espera del tiempo libre necesario para leerlo, un tiempo que, todos lo sabemos, hay ocasiones en las que nunca llega, con lo cual esa pretendida lectura se acaba quedando para siempre en la lista de espera.

Durante un par de meses, día arriba, día abajo, eso es lo que me ha ocurrido con Relatos libertarios, del sin par e ilustre turolense Juan Villalba. A pesar de ser una lectura cómoda y asequible (no llega al centenar de páginas) se quedó en la estantería, más por olvido que por ninguna otra razón hasta que hace unos días volví a ver el libro. Decidí que ya había esperado demasiado y me zambullí de pleno en el primer relato. Este me llevó al segundo y tuve que esforzarme por no dejarme arrastrar de al tercero de manera automática. No quería apurar de un solo trago todo el elixir.

Ahora que ya he paseado a través de todos los relatos debo decir que me encanta la naturalidad con la que cambia de registro, con la que, con ese hilo conductor, ese factor común que es la libertad, Juan nos transporta de una realidad a otra, presentándonos personajes y contextos que nada tienen que ver unos con otros excepto la sombra de su firma personal.

En resumen, y para no extenderme demasiado: lectura cien por cien recomendable por lo ameno de su estilo, por su capacidad para expresar ternura, humanidad, cercanía, irreverencia y tantas otras cualidades.

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La noche en que Frankenstein leyó el Quijote

Con este singular título el simpar Santiago Posteguillo se aleja por un rato de las intrigas palaciegas y las grandes batallas de la antigüedad que tan buenos resultados le han dado y tan buenas horas nos han procurado a sus lectores. Se aleja de la antigüedad, como digo, pero no de la historia, pues a través de las páginas de esta entretenida lectura nos lleva a lo largo y ancho de los siglos para contarnos de manera breve, magistral y más que entretenida un montón de curiosidades relacionadas con la literatura. Desde la gestación del Frankenstein de Mary Shelley hasta la curiosa casualidad que hizo que la primera entrega de Harry Potter viera la luz como novela.

La literatura, a base de acumular vivencias y de aglutinar experiencias y más experiencias de escritores, editores y lectores, se ha convertido, con el paso de los siglos, en toda una factoría de anécdotas e historias y aunque sería imposible recoger todas ellas, Posteguillo hace aquí un esfuerzo por rescatar algunas y servírnoslas en un plato templado que, de buen seguro, será del gusto de cualquier comensal curioso.

¿Sabías de la teoría que defiende que Shakespeare no existió realmente? ¿O de los fracasos primerizos de Jane Austen? ¿Conocías el curioso evento de la muerte y la resurrección del famoso Sherlock Homes? Si tienes que responder a estas preguntas con un no, ya estás tardando en hincarle el diente a este libro.

Yo por mi parte estoy esperando ya a sumergirme en las páginas de La sangre de los libros, que sigue la misma estela.

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Soñando con Japón

Recientemente he rescatado una pequeña pasión que tenía hace años: la de leer y descubrir más sobre el país del sol naciente.  Este interés por Japón me llegó a través de la afición por el manga, el comic japonés.  Su lectura me fue despertando la curiosidad por aquella cultura tan diferente, rica y sutil. Hace poco he vuelto a leer sobre ella y lo he hecho acercándome a una obra magnética y muy sugerente, El crisantemo y la espada, de la antropóloga Ruth Benedict.

La propia existencia de este libro viene ya de unas circunstancias especiales. A modo de resumen rápido se puede explicar que durante la segunda guerra mundial el gobierno estadounidense, al verse incapaz de comprender los valores que movían a la sociedad japonesa con la cual acababan de entrar en guerra, le encargó a esta antropóloga la realización de un trabajo de investigación que permitiese ahondar en el pensamiento nipón para conocer mejor la psique de aquel inquietante nuevo enemigo.

Al estar en plena guerra Ruth no pudo desplazarse hasta Japón para sus investigaciones, así que se dedicó a entrevistar a japoneses que vivían en EEUU en ese momento. Tras más de 20.000 entrevistas tuvo el material suficiente para escribir esta obra que se hoy día de entiende como una obra de estudio obligatorio para quienes quieran adentrarse en el conocimiento de la cultura japonesa.

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Sobre Paul Auster

Como lector, no puedo dejar de sentir que tengo deudas pendientes con un millón de autores a los que no he leído nunca. Uno de ellos era Paul Auster.

De él se dice que es el Woody Allen de la literatura estadounidense, el más europeo de los grandes escritores norteamericanos. En sus novelas suele presentar personajes a los que las casualidades de la vida llevan por caminos inesperados, agradables unas veces, tensos y críticos otras.

El libro que leí, Brooklyn Follies traza la ruta de vida de su protagonista, un hombre ya en el invierno de su existencia al que los días traerán un montón de cambios interesantes. Me ha gustado la novela en general, pero me ha resultado interesante en especial apreciar la capacidad de Auster de construir con la palabra, de atrapar al lector dibujando una atmósfera con un puñado de frases y de sumergirle en la escena. Dejo por aquí una pequeña muestra, no sin antes recomendar la lectura de este autor (o al menos de esta obra).

También hay buenos momentos -añadía Tom, resistiéndose a que Harry dijera la última palabra-. Indelebles momentos de gracia, éxtasis minúsculos, milagros inesperados. Pasar tranquilamente por Times Square a las tres y media de la madrugada, sin nada de tráfico, y encontrarte de pronto solo en el centro del mundo, con esa lluvia de luces de neón cayéndote encima. Hacer que el velocímetro pase de ciento veinte por el Belt Parkway justo antes de amanecer y sentir cómo te inunda el olor del océano por la ventanilla abierta. O cruzar el Puente de Brooklyn en el preciso instante en que la luna llena aparece en medio del arco, y eso es lo único que se ve, la brillante esfera amarilla de la luna, tan grande que da miedo, y entonces te olvidas de que vives aquí en la tierra y te imaginas que en realidad estás flotando por el espacio. Ningún libro puede reproducir esas cosas. Estoy hablando de la verdadera trascendencia, Harry. De salir del cuerpo y entrar en la plenitud y el espesor del mundo.

Brooklyn Follies, Paul Auster
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El día en que me enamoré de un poeta

Ocurre en esto de la poesía, que un buen día uno descubre a un autor con cuyos poemas conecta a la primera, en cuyos versos ve reflejadas vivencias, sentimientos, experiencias ajenas pero que coinciden con las propias y son expresadas con tanto acierto que la certeza de sus palabras define todo eso mejor de lo que lo haría uno mismo. En mi caso todo esto me ocurrió con Ángel González, de quien me declaro seguidor incondicional.

Lo malo es cuando ocurre eso y terminas por recorrer, por agotar, toda la poesía de ese autor y sabes que nunca habrá nuevos poemas suyos. Uno puede volver a un poema una y mil veces, y saborearlo siempre de un modo diferente, pero si, además, uno tiene la suerte de encontrar un libro que analice a fondo la creación literaria de su poeta de cabecera, miel sobre hojuelas.

Si nunca me canso de recomendar la lectura de Ángel González, recomiendo también este libro, que nos permite bucear bajo la piel de su poesía, descubrir intenciones, recursos literarios, motivos… detrás de cada poema; detalles que para el ojo del lector no entrenado, suelen pasar desapercibidos.

Así pues, una lectura casi obligatoria para todos los que queráis disfrutar de la creación poética de uno de los grandes de la Generación de los 50, del cual se decía que escribía como cualquier hijo de vecino. Y como se suele decir, como muestra un botón. Os dejo por aquí un poema de Ángel gonzález y un documental centrado en él realizado por RTVE hace unos años. ¡Que lo disfrutéis!

Documental ciudad cero
Documental ciudad cero

Canción de invierno y de verano

Cuando es invierno en el mar del Norte
es verano en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos,
mientras los baladros soleados arrastran por la superficie del Pacífico sur bellas bañistas.

Eso sucede en el mismo tiempo,
pero jamás en el mismo día.

Porque cuando es de día en el mar del Norte
—brumas y sombras absorbiendo restos de sucia luz—
es de noche en Valparaíso
— rutilantes estrellas lanzando agudos dardos a las olas dormidas.

Cómo dudar que nos quisimos,
que me seguía tu pensamiento
y mi voz te buscaba —detrás,
muy cerca, iba mi boca.
Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto:
primaveras, veranos, soles, lunas.

Pero jamás en el mismo día.

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El diablo no habita en los pequeños detalles

Dicen que el diablo habita en los pequeños detalles, pero nada de eso. Olvídate. El diablo habita en las conversaciones sobre literatura. Si no me crees, queda una tarde con cuatro amigos con los que compartas el amor por la lectura y sácales el tema de los libros, así, como quien no quiere la cosa. Media hora después, contagiados por la pasión del lector, estarán maldiciendo su hambre de páginas y el exceso de referencias.

Basta con abrir esa misma caja de Pandora que son las recomendaciones literarias para que el diablo haga su entrada a escena y le desbarajuste a uno los planes (planes de lectura, se entiende) a corto y medio plazo. Tras un título viene otro, y luego otro y otro más, intercalados con nombres de tal o cual autor, y luego uno se encuentra, al instante, en inferioridad de condiciones en esa batalla contra la palabra impresa. Una batalla que nunca podremos ganar.

Así que, permíteme un consejo: si estás a bien con ese ente abstracto al que llamamos tiempo, si más o menos te entiendes con él y con los estrechos límites que siempre nos impone, no quedes con amigos que amen la lectura, no compartas un café o unas cervezas con ellos, no saques, nunca, el tema de los libros… Porque inmediatamente tendrás tanto por leer que dejarás de estar a buenas con el tiempo, y, a buen seguro, el diablo te observará desde una distancia prudencial, regocijándose por el daño causado.

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