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Categoría: Libros

Leer la vida en los libros

Una de las cosas que más me apasiona de la lectura de novelas es cuando das con una página perdida entre los pliegues de las tramas y del desarrollo de la historia en la que, en tal o cual párrafo, encuentras una auténtica lección de vida, palabras en las que el autor o la autora ha reflejado y descrito con gran precisión un aspecto de la existencia, de esos sentimientos, pensamientos o ideas profundos con los que casi todo el mundo nos hemos encontrado en alguna ocasión. Esos instantes te unen de una manera especial a esa novela, porque en esas páginas ves reflejada, aunque solo sea, una pequeña esquina de la persona que eres o que fuiste un día.

Esto me ha ocurrido hoy con la última novela que estoy leyendo, La noche de plata de Elia Barceló. Os dejo aquí el fragmento para que juzguéis bajo vuestro propio criterio.

Seguía sin poder decidir si lo que había quedado de su pequeña Alma era una herida o una cicatriz. Se había esforzado por conseguir que aquel horrible tajo purulento fuera cerrándose para convertirse en una tremenda cicatriz que nunca podría borrarse, pero que sería una cicatriz seca, y había días, a veces hasta semanas, en que tenía la sensación de haberlo conseguido, especialmente cuando solo se fijaba en el oro que unía lo que el dolor había separado. Luego pasaba algo, como ahora la conversación con Wolf, y los bordes volvían a abrirse, y volvía el pus, la sangre, el dolor de quemadura, el brutal desgarro que siempre era nuevo, aunque fuera conocido. Al parecer, los seres humanos no podemos conservar la memoria exacta del dolor. Solo sabemos que algo dolió muchísimo, pero no podemos recuperar detalles de cómo se sentía aquel horror que nos volvía locos. Hasta que sucede de nuevo y entonces todo regresa, quizá no con la fuerza de la primera vez, pero con la suficiente intensidad como para quitarte el aliento y desear no haber tocado ese punto que sabes que desencadenará la tortura. Y hay que volver a fundir el oro y volver a unir lo que se acaba de romper; una tortura sin fin.

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Las palabras también tienen abuelos

Las palabras forman parte de nuestra realidad. Son la herramienta a través de la cual exteriorizamos todo lo de nuestro interior y reflejamos todo lo del exterior. Siempre están ahí. Cada día. Cada hora. Pero las usamos sin conocer, la mayoría de las veces, cuál es su pasado, cuál es la historia que las ha traído hasta nuestro tiempo, quiénes son sus antepasados, sus abuelos.

El libro The etymologicon, de Mark Forstyh, explica con un humor finísimo, el origen y la evolución de muchos términos. Se centra en el léxico de la lengua inglesa, pero siempre es posible encontrar en esta los reflejos de alguna palabra de nuestra lengua.

Es en sus páginas donde he descubierto, por ejemplo, que la heroina fue una marca registrada de Bayer, la farmacéutica que la inventó como alternativa a la morfina (nombre que, por cierto, proviene del dios Morfeo por su capacidad para inducir al sueño a quien la consume) para evitar la adicción que esta generaba; el nombre de heroina se les ocurrió cuando preguntaron a sus pacientes cómo se sentían al tomarla y la mayoría dijeron que se sentían como héroes.

Forstyh explica también, entre otras cosas, la relación entre el botulismo, causado por una bacteria que proliferaba en la carne de mala calidad que se usaba para la elaboración de salchichas (botulis, en latín), y el botox, que no es otra cosa que una cantidad mínima de dicha toxina que, inyectada en los músculos faciales, los paraliza dándole al rostro ese aspecto inmóvil que tanto gusta por esas tierras de Hollywood.

Desde luego, cuántas historias esconden las palabras…

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Cuando leer te invita a correr

A veces es hermoso volver a reencontrarse con una lectura. Esta vez me ha sucedido con Nacidos para correr, de Christopher McDougall. Este libro se convirtió hace ya unos añitos en toda una fuente de inspiración para muchos corredores de esa marea imparable que el auge del running ha traído en los últimos tiempos.

Leí el libro hace ya algunos años, cuando yo mismo era un yonki de la zancada. Y me gustó. He vuelto a leerlo ahora, alejado ya de ese mundillo. Y me ha vuelto a gustar.

Está claro que es una lectura con un tema muy específico (las carreras de larga distancia y el largo debate, aún hoy totalmente vigente, sobre las dudosas cualidades del calzado deportivo para corredores y la conveniencia o no de correr descalzos), un tema que a priori podría interesar solo a los aficionados a correr, pero la magia de este libro, lo que lo ha convertido en un best seller y en una referencia dentro de la literatura deportiva son las historias humanas que se entrelazan en sus páginas.

La narración de una carrera de ultraresistencia en la que los mejores de entre los tarahumara, una tribu de México que ha sabido escapar a la vorágine evolutiva del mundo moderno, y los mejores ultramaratonianos del mundo occidental, sirve de marco para la narración de historias de vida muy emotivas, historias que ofrecen al lector, aunque nunca haya corrido más allá de lo obligatorio en las clases de educación física, las herramientas para comprender porqué la gente se enamora de esa acción tan sencilla como es dar un paso y luego otro, y otro, y otro más…

Podría escribir largo y tendido sobre este libro, pero ya lo han hecho muchos antes y muchos otros seguirán haciéndolo, así que cerraré esta publicación con una reflexión final: Nacidos para correr es uno de esos libros que y rompen la barrera impuesta por su género y desbordan el corsé del público objetivo al que parecen ir dirigidos. Si eres corredor o si alguna vez lo fuiste, disfrutarás su lectura. Si no lo eres ni tienes intención de serlo, disfrutarás su lectura. Te lo recomiendo.

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Un ruido muy agradable

En ocasiones ocurre que uno se cruza con un libro cuya lectura es capaz de sacudirle, de rascarle muy adentro, de devolverle el sabor de la lectura porque sí, por el simple placer de la lectura. En mi caso, acaba de ocurrirme con Ruido de zuecos, de Severino Pallaruelo.

Desconocía la existencia de este libro, una obra que llegó a mí en forma de regalo doble: por un lado el libro físico en sí (amaneció un día en mi buzón casi sin previo aviso, enviado por un amigo) y por otro lado el regalo del descubrimiento de todas las historias que caben entre sus páginas.

Ruido de zuecos construye, a lo largo de las vidas de tres personajes principales y de sus tres generaciones, un retrato real, muy real, del modo de vida de las gentes de montaña, de quienes poblaron los pueblos pirenaicos que poco a poco se secaron como se secarán un día los glaciares que decoran algunas de esas montañas.

Entre relatos teñidos de nostalgia, el autor nos muestra el día a día de unas existencias que, sin ellas saberlo, estaban condenadas a la desaparición ante el avance de otras sociedades, otros modos de vida y otras maneras de afrontar la existencia.

Como muestra, un par de botones.

Lo que nos va pasando cada día, las sensaciones, los sentimientos, viven diluidos en las claras aguas del alma. Como están diluidos, apenas notamos la fuerza de su sabor. Pero luego, con el paso de los años, todo eso se va decantando, se deposita en el fondo y luego se seca. Queda allí, en algún rincón del alma, guardado en forma de costras o de pastillas de concentrados especiales cuya presencia no se hace notar. Pero de repente, si les alcanza un chubasco, un poquito de agua, algo de humedad, vuelven a diluirse y llenan el alma del mismo gusto de otros días, del mismo sabor de los tiempos lejanos, pero más elaborado, más puro, como el de un vino añejo o un caldo espeso.


Cuatro horas, perdidas en la lejanía del éter infinito donde duerme todo lo que fue y ya no es, los acontecimientos, las sensaciones, los deseos, los sentimientos que existieron y que murieron, todo acumulado en el aire invisible, en la nada donde se amontona todo lo que sucede. Desde allí retornan para torturar, solo para eso, cuatro horas que tuvieron cara alegre y después, cuando regresan del armario imprevisible del recuerdo, ofrecen el otro lado de su rostro, tan amargo como dulce fue el lado primero que, entre besos, mostraron.

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El desenlace de Palabras bajo el cielo de Dugalia está muy cerca

No sois pocos los que os habéis aventurado por las tierras de Dugalia a lo largo de las páginas de las dos primeras novelas de la trilogía. Este post es para informaros de que la tercera entrega, que llevará por título La noche oscura del alma, está cerca, muy cerca de ver la luz. De momento, y para ir abriendo boca, os traigo la portada realizada una vez más por la inigualable Elena Castillo.

En breve iré publicando más información sobre La noche oscura del alma. ¡Seguid atentos y no os despistéis si queréis estar al día!

Portada de la última entrega de la trilogía

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Las cosas que llevaban los hombres que lucharon

De cuando en cuando uno da por casualidad con uno de esos libros que te dan que pensar, que te invitan a la reflexión. Es el caso de Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien.

No suelo leer mucha literatura bélica, pero decidí darle una oportunidad a este libro. Valió la pena.

En sus páginas encontramos un testimonio de primera mano sobre el conflicto de Vietnam (O’Brien luchó en esa guerra), pero no es una enumeración de eventos con descripciones vívidas de hechos y de personas. Es más bien un reflejo psicológico de cómo consiguen los hombres orientar su mirada para no quebrarse cuando hacen frente a situaciones tan extremas como las que pueden vivirse en la guerra, cómo se las arregla la mente humana para escapar de la locura, para sobrevivir al pozo de perdición en el que la vida se convierte en ese entorno.

A través de vivencias propias o de sucesos acontecidos a compañeros suyos O’Brien nos acerca a la mente de los soldados, nos explica la fragilidad y la fortaleza que conviven dentro de ella y las dificultades que los militares tenían para encontrar su sitio en la vida una vez que regresaban a sus hogares. Regresaban para descubrir que tras vivir a la velocidad y con la intensidad que el conflicto había imprimido a sus días, su existencia se había transformado en pura lentitud y en puro hastío. Y muchos no eran capaces de adaptarse a la vida normal.

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon no canta a las grandezas de la guerra (si es que acaso existen), no es una defensa de los valores patrios que llevan a los hombres a matarse unos a otros, es tan solo un retrato, gris, desolador y apagado de cómo los hombres viven la guerra y de las huellas que esta deja en sus vidas. Como muestra, un botón.

Una auténtica historia de guerra nunca es moral. No instruye, ni alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento humano correcto, ni impide que los hombres hagan las cosas que los hombres siempre han hecho. Si una historia parece moral, no la creáis. Si al final de una historia de guerra os sentís edificados, o si sentís que una partícula de rectitud se ha salvado de la devastación a gran escala, entonces habéis sido víctimas de una mentira muy antigua y terrible.

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El hombre en busca de sentido

Vivimos tiempos inciertos pero interesantes (aunque uno, sinceramente, preferiría regresar a otros tiempos más anodinos y rutinarios).

Si algo nos ha regalado a la mayoría esta nueva realidad que el coronavirus ha dibujado para nosotros ha sido tiempo para estar con uno mismo, para la reflexión, para aprender a conocernos y a soportarnos mejor. Y también para la lectura.

Uno de los libros que he leído durante las últimas semanas ha sido El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.

Viktor fue un psiquiatra que sufrió un largo encierro en campos de concentración nazis, y no solo sobrevivió a ese encierro, sino que sacó de la experiencia una lectura profunda que le ayudaría a desarrollar la logoterapia, un método  de tratamiento para trastornos y conflictos mentales que acabó convirtiéndose en una de las ramas principales de la psicología.

Es una lectura muy recomendable porque no profundiza demasiado en la parte teórica de su método y además explica muchas de las situaciones que presenció en los campos, y saca de ellas conclusiones fruto del conocimiento profundo del alma humana que desarrolló durante sus años de cautiverio. No en vano asegura que la suya fue la generación que mejor ha llegado a conocer al ser humano. Una afirmación con la cual coincido.

Si tuviera que resumir en una sola frase la lección más importante que me llevo de este libro es la de que las circunstancias de la vida pueden arrebatarnos todo, absolutamente todo, excepto una cosa: la libertad de decidir cómo respondemos a esas circunstancias.

La lectura nos ayuda, nos salva, nos anima o nos acerca a la nostalgia según la situación. Pero también nos enseña. Con este libro he aprendido que, a pesar de la duración y la dureza de este confinamiento, no ha sido nada comparado con lo que miles de personas han superado en el pasado y, sobre todo, he aprendido que tenemos la capacidad de elegir cómo queremos afrontar el encierro y el contacto con el mundo que quedará ahí afuera una vez podamos salir y tratar de recuperar nuestro día a día.

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Olvidado rey Gudú

Ocurre a veces que alguien encuentra, como por casualidad, su novela fetiche. Esa a la que luego es tan sencillo y agradable regresar de cuando en cuando, por ejemplo en esos raros momentos en que la lista de lecturas futuribles se llena de dudas y no presenta ningún candidato concreto. En esos momentos uno siempre sabe que allí, en aquella estantería, le espera esa novela que se muestra más grande y más profunda con cada nueva lectura, porque cada vez que uno retorna a esas páginas lo hace para recordar, revivir y redescubrir. Lo hace para encontrarse de nuevo con quien fue en un momento del pasado, mientras leía por vez primera (o segunda, o tercera, o cuarta, o…) esa novela, porque en los libros el tiempo no transcurre, y en ese oasis, en esa niebla inmortal en la que el gigante del tiempo está dormido es fácil encontrar un refugio contra el mundo, para que no importe si allí afuera todo se está derrumbando.

En mi caso ese oasis, ese refugio, se llama Olvidado rey Gudú, la obra maestra de Ana María Matute. No voy a extenderme mucho sobre esta novela, solo diré que (si uno tiene la paciencia que requiere una obra con el lirismo y el ritmo narrativo que encontraremos en esta) podrá disfrutar de todos los cuentos de hadas y al mismo tiempo de ninguno, pues Olvidado rey Gudú es un enorme cuento infantil mezclado con la crueldad de la vida, y en ella se muestra con una crudeza descarnada, el efecto del paso del tiempo y su capacidad devastadora para desgastar lo que un día fuimos y jamás volveremos a ser.

Leer Olvidado rey Gudú es sentirse al mismo tiempo acariciado y mordido por la nostalgia.

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Pequeño error

A veces uno comete pequeños errores (error totalmente subsanable en este caso, de hecho, el daño ya está reparado). Me refiero a cuando uno compra un libro y lo deja en la estantería a la espera del tiempo libre necesario para leerlo, un tiempo que, todos lo sabemos, hay ocasiones en las que nunca llega, con lo cual esa pretendida lectura se acaba quedando para siempre en la lista de espera.

Durante un par de meses, día arriba, día abajo, eso es lo que me ha ocurrido con Relatos libertarios, del sin par e ilustre turolense Juan Villalba. A pesar de ser una lectura cómoda y asequible (no llega al centenar de páginas) se quedó en la estantería, más por olvido que por ninguna otra razón hasta que hace unos días volví a ver el libro. Decidí que ya había esperado demasiado y me zambullí de pleno en el primer relato. Este me llevó al segundo y tuve que esforzarme por no dejarme arrastrar de al tercero de manera automática. No quería apurar de un solo trago todo el elixir.

Ahora que ya he paseado a través de todos los relatos debo decir que me encanta la naturalidad con la que cambia de registro, con la que, con ese hilo conductor, ese factor común que es la libertad, Juan nos transporta de una realidad a otra, presentándonos personajes y contextos que nada tienen que ver unos con otros excepto la sombra de su firma personal.

En resumen, y para no extenderme demasiado: lectura cien por cien recomendable por lo ameno de su estilo, por su capacidad para expresar ternura, humanidad, cercanía, irreverencia y tantas otras cualidades.

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La noche en que Frankenstein leyó el Quijote

Con este singular título el simpar Santiago Posteguillo se aleja por un rato de las intrigas palaciegas y las grandes batallas de la antigüedad que tan buenos resultados le han dado y tan buenas horas nos han procurado a sus lectores. Se aleja de la antigüedad, como digo, pero no de la historia, pues a través de las páginas de esta entretenida lectura nos lleva a lo largo y ancho de los siglos para contarnos de manera breve, magistral y más que entretenida un montón de curiosidades relacionadas con la literatura. Desde la gestación del Frankenstein de Mary Shelley hasta la curiosa casualidad que hizo que la primera entrega de Harry Potter viera la luz como novela.

La literatura, a base de acumular vivencias y de aglutinar experiencias y más experiencias de escritores, editores y lectores, se ha convertido, con el paso de los siglos, en toda una factoría de anécdotas e historias y aunque sería imposible recoger todas ellas, Posteguillo hace aquí un esfuerzo por rescatar algunas y servírnoslas en un plato templado que, de buen seguro, será del gusto de cualquier comensal curioso.

¿Sabías de la teoría que defiende que Shakespeare no existió realmente? ¿O de los fracasos primerizos de Jane Austen? ¿Conocías el curioso evento de la muerte y la resurrección del famoso Sherlock Homes? Si tienes que responder a estas preguntas con un no, ya estás tardando en hincarle el diente a este libro.

Yo por mi parte estoy esperando ya a sumergirme en las páginas de La sangre de los libros, que sigue la misma estela.

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