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Autor: David Esteban

La espía

Jamás he vuelto a sentirme tan viva como durante aquel instante en el que salí de la habitación de aquel viejo general llevándome conmigo los secretos sobre sus planes. Hubiera gritado de euforia allí mismo.

Cuando me propusieron aquella locura un año antes me eché a temblar. Pero pronto descubrí que era buena. Muy buena.

Todo empezaba con la conversación: los temas precisos, con ciertas opiniones, a medio camino entre el atrevimiento y la controversia, solían ser el gancho perfecto para que se fijasen en mí. Mezclar las palabras con una frívola coquetería hacía que mis víctimas recordasen mi cara y mi nombre; así plantaba en ellos la semilla del deseo.

Pero también comprendí cuál era el arma perfecta de una buena espía. El golpe definitivo venía siempre desde la mirada.

Los gestos y las palabras contaban una historia, pero los ojos debían contar otra; debían convertirse en una invitación al misterio, en una bruma imposible de desentrañar, en un abismo donde caben todos los sueños del hombre.

Una vez logrado eso, aquellos pobres ilusos caían en mi red sin salvación posible.

Fotografía: Guada Caulín

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Un ruido muy agradable

En ocasiones ocurre que uno se cruza con un libro cuya lectura es capaz de sacudirle, de rascarle muy adentro, de devolverle el sabor de la lectura porque sí, por el simple placer de la lectura. En mi caso, acaba de ocurrirme con Ruido de zuecos, de Severino Pallaruelo.

Desconocía la existencia de este libro, una obra que llegó a mí en forma de regalo doble: por un lado el libro físico en sí (amaneció un día en mi buzón casi sin previo aviso, enviado por un amigo) y por otro lado el regalo del descubrimiento de todas las historias que caben entre sus páginas.

Ruido de zuecos construye, a lo largo de las vidas de tres personajes principales y de sus tres generaciones, un retrato real, muy real, del modo de vida de las gentes de montaña, de quienes poblaron los pueblos pirenaicos que poco a poco se secaron como se secarán un día los glaciares que decoran algunas de esas montañas.

Entre relatos teñidos de nostalgia, el autor nos muestra el día a día de unas existencias que, sin ellas saberlo, estaban condenadas a la desaparición ante el avance de otras sociedades, otros modos de vida y otras maneras de afrontar la existencia.

Como muestra, un par de botones.

Lo que nos va pasando cada día, las sensaciones, los sentimientos, viven diluidos en las claras aguas del alma. Como están diluidos, apenas notamos la fuerza de su sabor. Pero luego, con el paso de los años, todo eso se va decantando, se deposita en el fondo y luego se seca. Queda allí, en algún rincón del alma, guardado en forma de costras o de pastillas de concentrados especiales cuya presencia no se hace notar. Pero de repente, si les alcanza un chubasco, un poquito de agua, algo de humedad, vuelven a diluirse y llenan el alma del mismo gusto de otros días, del mismo sabor de los tiempos lejanos, pero más elaborado, más puro, como el de un vino añejo o un caldo espeso.


Cuatro horas, perdidas en la lejanía del éter infinito donde duerme todo lo que fue y ya no es, los acontecimientos, las sensaciones, los deseos, los sentimientos que existieron y que murieron, todo acumulado en el aire invisible, en la nada donde se amontona todo lo que sucede. Desde allí retornan para torturar, solo para eso, cuatro horas que tuvieron cara alegre y después, cuando regresan del armario imprevisible del recuerdo, ofrecen el otro lado de su rostro, tan amargo como dulce fue el lado primero que, entre besos, mostraron.

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La luz de la noche

Las cuatro siluetas se alejaron, antorchas en mano y pronto fueron tragadas por el abrazo de la noche. Tras ellos dejaban el cadáver de aquel hombre, brutalmente apaleado sobre el suelo de aquella escondida ermita. Todos ellos sabían que las acusaciones de brujería que pesaban sobre él eran fruto de las supersticiones más infundadas y chabacanas, pero su origen incierto, sus extraños viajes, que solían alejarle de la aldea durante meses y la locura de su padre, habían sido el caldo de cultivo perfecto para que un temor irreverente y violento creciese entre la mayor parte de los vecinos.

Muchos estaban totalmente convencidos del origen satánico de aquel pobre diablo, pero no ellos cuatro. Ellos solo eran oportunistas. Su muerte dejaría una jugosa herencia sin nadie que la reclamase: las tierras que se extendían entre el molino y el camino del sur. Ellos acababan de llevar a cabo la tarea que todo el mundo reclamaba pero nadie se atrevía a hacer, así que se habían ganado el derecho a apropiarse de sus tierras.

Cuando el fulgor inexplicable surgió del interior de la ermita besando con fuerza los muros y llenando de luz por un instante aquel claro perdido del bosque, nadie fue testigo, pues nadie había ya por allí. Tampoco hubo nadie al día siguiente, ni al siguiente, ni en las semanas o meses que vinieron después. Nadie que pudiese preguntarse qué extraña fuerza había reclamado el cadáver aún caliente, y lo había hecho desvanecerse como una pluma en una tormenta.

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Recordando las tramas de Vendrán nuevas primaveras

ATENCIÓN: PELIGRO DE SPOILER. LEER SOLO SI YA HAS LEÍDO LAS DOS PRIMERAS NOVELAS DE LA TRILOGÍA.

Los lectores de literatura fantástica están de enhorabuena. En breve aparecerá publicada Las puertas de piedra, la tercera entrega de la trilogía Crónica del asesino de reyes, de Patrick Rothfuss cuyo primer título apareció hace ya unos cuantos años. Recuerdo haber leído con pasión esa primera novela. Recuerdo haber devorado la segunda. Y recuerdo poco más, sinceramente… Muchos de los detalles, de los eventos y de los personajes que aparecían han desaparecido ya de mi memoria.

Ese es un gran problema cuando se trata de leer series de novelas (trilogías, tetralogías, sagas…). El tiempo pasa entre una y otra lectura y uno olvida parte de las tramas. Precisamente para evitar que el lector tenga ese problema con Palabras bajo el cielo de Dugalia, hoy traigo un resumen para recordar en qué punto exacto quedaron las principales tramas de Vendrán nuevas primaveras, la segunda novela de la trilogía. Así que os dejo con los mismos pero antes os reitero la advertencia del título del post, pues no quiero arruinarte el pastel: NO LEAS ESTE RESUMEN SI NO HAS LEÍDO YA LAS DOS PRIMERAS NOVELAS.

Resumen/recordatorio de Vendrán nuevas primaveras.

Auver: antiguo tesorero de Torrehendida a las órdenes del halcón Chester y de su esposa fue encarcelado por sus robos y escapó tras degollar a Bernard, el carcelero de la villa. Reapareció un tiempo después frente a Sikelia para acusar a Chester de atacar y matar a los vigilantes de una de las minas y robar el oro que el Imperio empezaba a explotar tras la conquista de Piel-de-Agua.

Trig Jakobstad y los isleños:tras asesinar a Balmungin Nárklaus, el sucesor del Viejo Rey, Trig convence a muchos de los habitantes de las Islas de la Miel de recuperar su antigua tradición de las armas y de lanzarse a una oleada de ataques y saqueos contra las costas de Utara.

Durnan, Cora, Alhazred y Hovik: abandonan el Señora del Vaho tras el motín y posterior asesinato de la capitana Liz Soars, llegan a la costa donde se encuentran con unas mujeres, una de las cuales traba combate con Hovik, que consigue derrotarla. Cuando las cosas empiezan a ponerse tensas a parece una anciana que parece conocer a Alhazred.

El barón Randall y Rick-Isoloth: Gunila convence a Rigar de unir fuerzas y plantar cara a las huestes del barón Randall que se aproximan hacia el Seculado, pero el día de la batalla Gunila no aparece y por parte de la Fe se presenta a la batalla tan solo un ejército de voluntarios sin expeiencia en la batalla. El barón Randall consigue una sonora victoria, pero por la noche Rick entra en su tienda y lo estrangula. Acto seguido convierte en soñadores a las tropas de Randall que habían sobrevivido al combate.

Rasenne: poniendo como excusa los rumores que hablan de movilizaciones de guerreros desde las Islas de la Miel, pide permiso al barón Randall para partir hacia el norte para contactar con los isleños de cara a establecer lazos para el futuro.

Vulco: después de ser rescatado del mar por un ermitaño llamado Neb pasa una temporada con él en su cueva de los acantilados tras lo cual recupera las ganas de vivir y reemprende su viaje hacia su hogar Brumalia. Sabe que debe volver allí, que algo está ocurriendo, pero ignora qué puede ser. Neb le ayuda a llegar hasta un barco y paga el pasaje para que lo lleven hasta Brumalia.

Basiana: sacerdotisa de la Fe residente en Campoestelar. Da aviso a los habitantes de la ciudad advirtiéndoles del ataque que van a sufrir; la noche en la que los soñadores atacan Campoestelar a encuentran vacía. Basiana ha visto el ataque en sus visiones, visiones que se están volviendo cada vez más agudas y más potentes pero que al mismo tiempo le han llevado a flirtear con la locura. Tras presenciar la quema de su ciudad se aleja de allí.

Anthon de Dralin: ocupa el trono del reino tras la muerte de su padre, caído en batalla liderando a los dragones blancos contra Yara la oscura, Urslingen y las huestes de Beriakorz. Decide pactar con los magos y les pide ayuda para defender Rocatrepada. Consiguen resistir el ataque con grandes pérdidas: mueren varios de los magos y se ven obligados a derribar media ciudad para impedir la invasión. Tras el combate aparecen tres personajes desconocidos, son de la tribu de los búhos y su líder es Lannwit Thakur, el señor de dicha tribu.

Corvix y los teaghami: tras ayudar a los dralinenses a frenar el ataque de los clanes bárbaros y perder a varios de los suyos, quedan unidos al reino por un pacto sellado con Anthon cuando este se convierte en rey a a muerte de su padre. Corvix acusa en especial la batalla, que le pasa factura por su delicado estado de salud.

Mesala: vence al halcón Firuz y logra apresarlo, pero dos señores traidores lo liberan por la noche. Mesala consigue atrapar y ajusticiar a los traidores pero no logra dar con Firuz. Sigue con el objetivo en mente de regresar con su ejército a Páramo del Viento para romper el asedio que sufre la capital.

Dan: dignatario de uno de los sistieris de Piel-de-Agua, trata de frenar el ataque del ejército carmesí, pero su estrategia de invocar al Dios Gusano acaba en un desastre que trae la destrucción sobre la ciudad. Está a punto de morir sepultado bajo las ruinas del templo de dicho dios pero finalmente se salva para ver cómo el enemigo está terminando de conquistar las ruinas de la ciudad.

Harrell de Nodielan: uno de los señores de la Línea de Straten. Ante la falta de un acuerdo común para afrontar el avance de las tropas carmesís decide emprender un peligroso viaje hacia Páramo del Viento para tratar de convencer a los señores rebeldes del sinsentido de mantener una lucha contra la corona cuando el extremo este del reino está siendo atacado por un enemigo tan poderoso como el Imperio Carmesí.

Emperatriz Sikelia: la ciudad del lago ha caído ante las fuerzas del imperio y los conquistadores se han hecho con las minas de las cercanías y ya están sacando el oro de allí para su propio beneficio. Sin embargo todo cambia para Sikelia cuando se produce una revuelta instigada por Táner Dimir y la emperatriz debe huir dejando tras ella a los fieles del clan de los Kars que se encargan de cubrir su retirada. Sin saber quiénes son los traidores y qué familias se han sumado a la conjura escapa y se pierde en las profundidades del Valle Blanco.

Princesa Elliabel: ambas están en la fortaleza de Murosalado, al oeste de Utara. La princesa fue sacada de Veinalia y custodiada hasta allí donde planean protegerla hasta que dé a luz al heredero del trono.

Aisha la siglar: consigue atraer a Elliabel a Murosalado para que se resguarde allí hasta dar a luz, sin embargo parece llevar algún asunto más entre manos a parte de la mera protección de la princesa.

Yara la oscura y Urslingen: la férrea defensa de os dralinenses con la colaboración de los teaghami frena el intento de invasión de los Clanes de la Luna Sangrienta. Durante el ataque Urslingen es lanzado a las profundidades de la garganta del Gran Sierpe sobre la cual se alza Rocatrepada y nada se sabe de Yara tras el fracaso del ataque bárbaro.

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El desenlace de Palabras bajo el cielo de Dugalia está muy cerca

No sois pocos los que os habéis aventurado por las tierras de Dugalia a lo largo de las páginas de las dos primeras novelas de la trilogía. Este post es para informaros de que la tercera entrega, que llevará por título La noche oscura del alma, está cerca, muy cerca de ver la luz. De momento, y para ir abriendo boca, os traigo la portada realizada una vez más por la inigualable Elena Castillo.

En breve iré publicando más información sobre La noche oscura del alma. ¡Seguid atentos y no os despistéis si queréis estar al día!

Portada de la última entrega de la trilogía

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Cada vez más cerca del Oasis

Fragmento del libro El oasis. Reflexiones vaquilleras (click aquí para más información).


Si hay un adjetivo capaz de definir la vida, ese es sin duda el de impredecible. ¿Quién hubiera podido pronosticar, ni aun echando mano de toda la imaginación del mundo, la situación en la que nos íbamos a encontrar tras dar los primeros pasos en ese recién llegado año de 2020?

Esta tormenta global que alcanzó las cuatro esquinas del planeta llegó con tanta fuerza que nos arrancó de un plumazo, de un solo golpe, todos nuestros hábitos, todas las costumbres a las que nos aferramos como sociedad. Y no solo a nosotros, sino a prácticamente todas las sociedades del planeta. A lo largo y ancho del mundo, aviones detenidos, parques vacíos, ciudades fantasmas y sueños congelados.

Y entre esos sueños, el nuestro, el que a lo largo del año más amamos y más anhelamos como turolenses. El sueño de atarnos una vez más el pañuelico al cuello y de salir a la calle a bebernos la vida.

No habrá Vaquilla este año, pero nada impide que los vaquilleros y las vaquilleras podamos reencontrarnos en el territorio delimitado por la nostalgia y por el recuerdo de los momentos vividos.

Recojo aquí una hermosa frase que el psiquiatra Viktor Frankl citaba en su obra más trascendental El hombre en busca de sentido (frase cuya autoría no he conseguido descubrir) y que afirma con rotundidad que ningún poder de la tierra podrá arrancarte lo que ya has vivido.

Hay una verdad enorme dentro de esas palabras. El maldito coronavirus nos ha robado, entre otras muchas cosas, la Vaquilla del año 2020, pero ni él, ni nada, ni nadie podrá robarnos jamás todas esas vaquillas que ya hemos vivido, las que llegaron poniendo punto y final a doce meses de espera, al nerviosismo que nos invade en la recta final, a las ansias desbordantes que uno es ya incapaz de retener desde que, el viernes previo, la traca recorre el espacio que separa la plaza San Juan de la del Torico y atraviesa el tozal llenando el aire de humo, de olor a pólvora y de metas al fin alcanzadas. Las vaquillas que llegaron, como digo, y se marcharon pocos días más tarde, dejándonos más cansados y más tristes pero también más cargados de recuerdos y memorias. Esas memorias ya forman parte de nosotros y de nosotras. A nivel individual y, sobre todo, a nivel colectivo, pues es esa manera que tenemos de vivir la Vaquilla como parte de una tribu, lo que hace de ella algo mágico y trascendente.

No habrá pañuelico este año, no habrá charangas, remojones, ensogados ni regañaos (al menos no dentro del marco en el que tanto nos gusta disfrutarlos), pero nos quedan dos cosas: por un lado el recuerdo, como ya he dicho; por otro la esperanza y la certeza de que pasarán los meses y vendrán nuevas vaquillas. Porque sí. Porque así ha de ser. Porque las tradiciones están ahí para recordarle al tiempo que hay algo más fuerte que él, algo que los pueblos son capaces de perpetuar y de transmitir de generación en generación. La Vaquilla es una de esas tradiciones. Y todos sabemos que volverá.

Mientras tanto, te ofrezco este texto, amigo vaquillero, amiga vaquillera (no dudo de que te consideras tal si estás invirtiendo algo tan valioso como tu tiempo en perderte entre estas palabras), para que lo uses a modo de bálsamo para sobrellevar la ausencia de nuestra fiesta en este extraño año de 2020. Será un bálsamo pobre que apenas alcanzará a calmar el dolor de la ausencia, lo sé, pero tal vez te ayude aunque solo sea un poco a adormecer la tristeza y a matar parte de la ardua espera.

Puedes hacer de estas páginas un territorio para el reencuentro. El reencuentro con los recuerdos, con las emociones, con las risas y con las lágrimas de otros años. Como padre de estas páginas, el mejor regalo que puedo recibir es que tú, lector, que tú, lectora, encuentres en ellas un reflejo, aunque sea leve y lejano, de lo que has vivido durante tus vaquillas particulares, y que en ese reflejo consigas, a pesar de la distancia, a pesar de la nostalgia, verte de nuevo riendo con los tuyos, con el litro en la mano y el pañuelico en el cuello.

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Las cosas que llevaban los hombres que lucharon

De cuando en cuando uno da por casualidad con uno de esos libros que te dan que pensar, que te invitan a la reflexión. Es el caso de Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien.

No suelo leer mucha literatura bélica, pero decidí darle una oportunidad a este libro. Valió la pena.

En sus páginas encontramos un testimonio de primera mano sobre el conflicto de Vietnam (O’Brien luchó en esa guerra), pero no es una enumeración de eventos con descripciones vívidas de hechos y de personas. Es más bien un reflejo psicológico de cómo consiguen los hombres orientar su mirada para no quebrarse cuando hacen frente a situaciones tan extremas como las que pueden vivirse en la guerra, cómo se las arregla la mente humana para escapar de la locura, para sobrevivir al pozo de perdición en el que la vida se convierte en ese entorno.

A través de vivencias propias o de sucesos acontecidos a compañeros suyos O’Brien nos acerca a la mente de los soldados, nos explica la fragilidad y la fortaleza que conviven dentro de ella y las dificultades que los militares tenían para encontrar su sitio en la vida una vez que regresaban a sus hogares. Regresaban para descubrir que tras vivir a la velocidad y con la intensidad que el conflicto había imprimido a sus días, su existencia se había transformado en pura lentitud y en puro hastío. Y muchos no eran capaces de adaptarse a la vida normal.

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon no canta a las grandezas de la guerra (si es que acaso existen), no es una defensa de los valores patrios que llevan a los hombres a matarse unos a otros, es tan solo un retrato, gris, desolador y apagado de cómo los hombres viven la guerra y de las huellas que esta deja en sus vidas. Como muestra, un botón.

Una auténtica historia de guerra nunca es moral. No instruye, ni alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento humano correcto, ni impide que los hombres hagan las cosas que los hombres siempre han hecho. Si una historia parece moral, no la creáis. Si al final de una historia de guerra os sentís edificados, o si sentís que una partícula de rectitud se ha salvado de la devastación a gran escala, entonces habéis sido víctimas de una mentira muy antigua y terrible.

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El hombre en busca de sentido

Vivimos tiempos inciertos pero interesantes (aunque uno, sinceramente, preferiría regresar a otros tiempos más anodinos y rutinarios).

Si algo nos ha regalado a la mayoría esta nueva realidad que el coronavirus ha dibujado para nosotros ha sido tiempo para estar con uno mismo, para la reflexión, para aprender a conocernos y a soportarnos mejor. Y también para la lectura.

Uno de los libros que he leído durante las últimas semanas ha sido El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.

Viktor fue un psiquiatra que sufrió un largo encierro en campos de concentración nazis, y no solo sobrevivió a ese encierro, sino que sacó de la experiencia una lectura profunda que le ayudaría a desarrollar la logoterapia, un método  de tratamiento para trastornos y conflictos mentales que acabó convirtiéndose en una de las ramas principales de la psicología.

Es una lectura muy recomendable porque no profundiza demasiado en la parte teórica de su método y además explica muchas de las situaciones que presenció en los campos, y saca de ellas conclusiones fruto del conocimiento profundo del alma humana que desarrolló durante sus años de cautiverio. No en vano asegura que la suya fue la generación que mejor ha llegado a conocer al ser humano. Una afirmación con la cual coincido.

Si tuviera que resumir en una sola frase la lección más importante que me llevo de este libro es la de que las circunstancias de la vida pueden arrebatarnos todo, absolutamente todo, excepto una cosa: la libertad de decidir cómo respondemos a esas circunstancias.

La lectura nos ayuda, nos salva, nos anima o nos acerca a la nostalgia según la situación. Pero también nos enseña. Con este libro he aprendido que, a pesar de la duración y la dureza de este confinamiento, no ha sido nada comparado con lo que miles de personas han superado en el pasado y, sobre todo, he aprendido que tenemos la capacidad de elegir cómo queremos afrontar el encierro y el contacto con el mundo que quedará ahí afuera una vez podamos salir y tratar de recuperar nuestro día a día.

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