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Mes: agosto 2019

Sobre Paul Auster

Como lector, no puedo dejar de sentir que tengo deudas pendientes con un millón de autores a los que no he leído nunca. Uno de ellos era Paul Auster.

De él se dice que es el Woody Allen de la literatura estadounidense, el más europeo de los grandes escritores norteamericanos. En sus novelas suele presentar personajes a los que las casualidades de la vida llevan por caminos inesperados, agradables unas veces, tensos y críticos otras.

El libro que leí, Brooklyn Follies traza la ruta de vida de su protagonista, un hombre ya en el invierno de su existencia al que los días traerán un montón de cambios interesantes. Me ha gustado la novela en general, pero me ha resultado interesante en especial apreciar la capacidad de Auster de construir con la palabra, de atrapar al lector dibujando una atmósfera con un puñado de frases y de sumergirle en la escena. Dejo por aquí una pequeña muestra, no sin antes recomendar la lectura de este autor (o al menos de esta obra).

También hay buenos momentos -añadía Tom, resistiéndose a que Harry dijera la última palabra-. Indelebles momentos de gracia, éxtasis minúsculos, milagros inesperados. Pasar tranquilamente por Times Square a las tres y media de la madrugada, sin nada de tráfico, y encontrarte de pronto solo en el centro del mundo, con esa lluvia de luces de neón cayéndote encima. Hacer que el velocímetro pase de ciento veinte por el Belt Parkway justo antes de amanecer y sentir cómo te inunda el olor del océano por la ventanilla abierta. O cruzar el Puente de Brooklyn en el preciso instante en que la luna llena aparece en medio del arco, y eso es lo único que se ve, la brillante esfera amarilla de la luna, tan grande que da miedo, y entonces te olvidas de que vives aquí en la tierra y te imaginas que en realidad estás flotando por el espacio. Ningún libro puede reproducir esas cosas. Estoy hablando de la verdadera trascendencia, Harry. De salir del cuerpo y entrar en la plenitud y el espesor del mundo.

Brooklyn Follies, Paul Auster
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De vuelta a la tinta

Los últimos meses he estado inmerso en la preparación de unas oposiciones que me han secuestrado casi todo el tiempo libre disponible, pero el proceso ha terminado al fin, así que toca volver a recuperar esas dos grandes pasiones que había dejado aparcadas: la lectura y la escritura.

Vuelvo a los territorios de la tinta, a los versos, a Utara y a los millones de páginas que esperan lectura. De momento, como muestra un botón.

Dejo por aquí un poema que escribí hace unos días.

Pequeña lluvia de ojalás


Hoy quiero lloverte un puñado de deseos,
mancharte los pies con mis ojalás:
Ojalá que la vida nunca te enseñe el aroma de la derrota,
ojalá nunca cierren, y digo nunca, los bares que abrieron cerca de tu corazón.
Ojala que el tiempo nunca tenga prisa por robarte los otoños
y que cruces bailando las puertas de cada lunes.
Ojalá no te vayas. Ojalá no te quedes. Ojalá nunca encuentres los caminos de huida.
Ojalá jamás tengas exceso de caricias,
y las calles se queden cada vez que te alejes ateridas, temblando, sin saber hacia dónde.
Que la vida te muestre que sus besos son tuyos,
que te cante al oído y te diga riendo que le encantan tus penas,
pero más tus sonrisas.
Ojalá los recuerdos se te claven por siempre
y a la caja te lleves un millón de momentos,
varios kilos de sueños y un puñado de amores.
Ojalá siempre tengas un libro a medias, diez visitas pendientes y la tele apagada,
un poema rondando cerca de tu mirada, música en la sangre, fuego en cada intento…
Y alas en tus lágrimas.
Ojalá.
Ojalá.

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