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David Esteban Entradas

Un paso más cerca del palacio

La semana pasada recibí el borrador corregido de El palacio de los siglos olvidados. Ahora mismo estoy trabajando en su revisión para agilizar la publicación y asegurar que este nuevo proyecto vea la luz lo antes posible.

Desde aquí un humilde agradecimiento a la editorial Malas artes y, sobre todo y en especial, a quienes habéis apoyado esta nueva aventura.

Hasta dentro de muy poco…

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Leer la vida en los libros

Una de las cosas que más me apasiona de la lectura de novelas es cuando das con una página perdida entre los pliegues de las tramas y del desarrollo de la historia en la que, en tal o cual párrafo, encuentras una auténtica lección de vida, palabras en las que el autor o la autora ha reflejado y descrito con gran precisión un aspecto de la existencia, de esos sentimientos, pensamientos o ideas profundos con los que casi todo el mundo nos hemos encontrado en alguna ocasión. Esos instantes te unen de una manera especial a esa novela, porque en esas páginas ves reflejada, aunque solo sea, una pequeña esquina de la persona que eres o que fuiste un día.

Esto me ha ocurrido hoy con la última novela que estoy leyendo, La noche de plata de Elia Barceló. Os dejo aquí el fragmento para que juzguéis bajo vuestro propio criterio.

Seguía sin poder decidir si lo que había quedado de su pequeña Alma era una herida o una cicatriz. Se había esforzado por conseguir que aquel horrible tajo purulento fuera cerrándose para convertirse en una tremenda cicatriz que nunca podría borrarse, pero que sería una cicatriz seca, y había días, a veces hasta semanas, en que tenía la sensación de haberlo conseguido, especialmente cuando solo se fijaba en el oro que unía lo que el dolor había separado. Luego pasaba algo, como ahora la conversación con Wolf, y los bordes volvían a abrirse, y volvía el pus, la sangre, el dolor de quemadura, el brutal desgarro que siempre era nuevo, aunque fuera conocido. Al parecer, los seres humanos no podemos conservar la memoria exacta del dolor. Solo sabemos que algo dolió muchísimo, pero no podemos recuperar detalles de cómo se sentía aquel horror que nos volvía locos. Hasta que sucede de nuevo y entonces todo regresa, quizá no con la fuerza de la primera vez, pero con la suficiente intensidad como para quitarte el aliento y desear no haber tocado ese punto que sabes que desencadenará la tortura. Y hay que volver a fundir el oro y volver a unir lo que se acaba de romper; una tortura sin fin.

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Recogiendo la cosecha

Las últimas semanas han traído varias pequeñas sorpresas. En primer lugar la futura publicación de El palacio de los siglos olvidados, una novela que tenía guardada desde hacía ya unos añitos. Decidí enviarla a un concurso de novela fantástica organizado por la editorial Malas artes, y cuál fue mi sorpresa al recibir contestación diciéndome que a pesar de no haber ganado había llamado la atención del jurado por lo que me invitaron a publicarla. Hemos superado la fase de preventas alcanzando las reservas mínimas, así que ahora comienza la aventura de una nueva publicación.

En segundo lugar, el relato que presenté al XXI Certamen de Literatura «Miguel Artigas» fue seleccionado como finalista. Tampoco gané, pero ser elegido uno de los 18 finalistas de entre más de 400 relatos presentados es una buena palmada en la espalda de mi ánimo de escritor.

Por último (esta vez sí que hubo premio), el I Concurso de microrrelatos «TERUEL CUENTA», en el que el mío resultó elegido como uno de los seis relatos premiados. Así que, sin más ni más, os dejo con él.


A muerte

Era el tercer vecino de la calle al que le tocaba ese mes, sin embargo esta vez fue muy diferente. Lo tenía frente a ella. Sentado en el sofá. Mirándola a los ojos. Jamás le habían sostenido la mirada con tal descaro. Con tal desafío. La Muerte se levantó y acabó su faena, fría y eficaz como siempre, pero aquel trabajo dejaría una duda clavada en su memoria. ¿Cómo podía nadie guardar semejante entereza mirándola a los ojos?

Tal vez no le habría dado tanta importancia al detalle de haber sabido lo cegato que era aquel anciano.

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Las palabras también tienen abuelos

Las palabras forman parte de nuestra realidad. Son la herramienta a través de la cual exteriorizamos todo lo de nuestro interior y reflejamos todo lo del exterior. Siempre están ahí. Cada día. Cada hora. Pero las usamos sin conocer, la mayoría de las veces, cuál es su pasado, cuál es la historia que las ha traído hasta nuestro tiempo, quiénes son sus antepasados, sus abuelos.

El libro The etymologicon, de Mark Forstyh, explica con un humor finísimo, el origen y la evolución de muchos términos. Se centra en el léxico de la lengua inglesa, pero siempre es posible encontrar en esta los reflejos de alguna palabra de nuestra lengua.

Es en sus páginas donde he descubierto, por ejemplo, que la heroina fue una marca registrada de Bayer, la farmacéutica que la inventó como alternativa a la morfina (nombre que, por cierto, proviene del dios Morfeo por su capacidad para inducir al sueño a quien la consume) para evitar la adicción que esta generaba; el nombre de heroina se les ocurrió cuando preguntaron a sus pacientes cómo se sentían al tomarla y la mayoría dijeron que se sentían como héroes.

Forstyh explica también, entre otras cosas, la relación entre el botulismo, causado por una bacteria que proliferaba en la carne de mala calidad que se usaba para la elaboración de salchichas (botulis, en latín), y el botox, que no es otra cosa que una cantidad mínima de dicha toxina que, inyectada en los músculos faciales, los paraliza dándole al rostro ese aspecto inmóvil que tanto gusta por esas tierras de Hollywood.

Desde luego, cuántas historias esconden las palabras…

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Foto

—Papá, ¿por qué fotografías las hojas? Solo son hojas.

El padre detiene un momento su movimiento a media altura camino de su cara, las manos portando la cámara. Piensa en la magia de la foto: capturar un instante que, de otro modo, se perdería ya para siempre. Como cada instante de este mundo, muriendo nada más nacer.

Piensa que congelar el tiempo, aunque solo sea una insignificante parte del tiempo, un minúsculo aquí y ahora, le acerca un poquito, de una compleja manera que ni él mismo llega a comprender, a la inmortalidad; le permite prolongar la lucha de aquellas hojas contra la muerte, invitar al otoño a quedarse un poco más en aquel parque.

Pero piensa también que los niños están, qué suerte, lejos de las nostalgias que el paso del tiempo arroja contra los adultos.

—Me gustan—, le responde situando su ojo en el visor, encuadrando y disparando.— ¿No te parecen bonitas?— le pregunta sonriéndole.

—Bueno… —contesta el niño mientras coge un palo del suelo y se aleja hacia el agua que, cayendo de la fuente, forma pequeños charcos en la arena a unos metros de distancia.

Fotografía: Guada Caulín

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El invierno

¿Os acordáis de aquel año, cuando el invierno no vino a vernos? Fue una cosa curiosa, un año diferente. Fue como si de camino hacia aquí el invierno se hubiese desviado hacia alguna otra dirección, como si hubiese cambiado de opinión y tomado otra trayectoria.

Parecía como si, en algún punto del camino, se hubiese extraviado, se hubiese desorientado y no hubiese logrado encontrar el modo de llegar hasta aquí.

Aquel año no se helaron las fuentes, los campos no se vistieron de blanco, si no que permanecieron verdes incluso en las noches de enero, y las hojas murieron de aburrimiento en vez de morir de frío.

Si, fue un año diferente. Tal vez el invierno, cansado de seguir siempre la misma ruta, pensó en un lugar cualquiera: — ¡Al carajo!

Y se dio la vuelta en ese mismo lugar.

Fotografía: Guada Caulín
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El abismo de la nada

También nosotras morimos de años. También nosotras tememos al reloj. También nosotras aprendimos que, entre días y noches, a veces cabe la alegría, y a veces sólo la tristeza.

Supimos de arrugas que marcaron nuestras pieles arcillosas, y de grietas, hijas del tiempo, que nos dieron el privilegio de la sabiduría, pero también la conciencia de la vejez.

Cansadas ya de contar inviernos, lentos, tediosos inviernos, hace mucho que descubrimos que el silencio es peligroso: es la forma que la nada tiene de hablarnos.

Y cuando al fin, nuestras vigas, nuestros techos, empezaron a ceder ante el peso de mil memorias acurrucadas entre las tejas, cuando se quebraron y la mirada inconmovible de las estrellas entró en nuestros interiores, ese día comprendimos que el tiempo es un abismo del que rara vez se escapa.

Fotografía: Guada Caulín
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Cuando leer te invita a correr

A veces es hermoso volver a reencontrarse con una lectura. Esta vez me ha sucedido con Nacidos para correr, de Christopher McDougall. Este libro se convirtió hace ya unos añitos en toda una fuente de inspiración para muchos corredores de esa marea imparable que el auge del running ha traído en los últimos tiempos.

Leí el libro hace ya algunos años, cuando yo mismo era un yonki de la zancada. Y me gustó. He vuelto a leerlo ahora, alejado ya de ese mundillo. Y me ha vuelto a gustar.

Está claro que es una lectura con un tema muy específico (las carreras de larga distancia y el largo debate, aún hoy totalmente vigente, sobre las dudosas cualidades del calzado deportivo para corredores y la conveniencia o no de correr descalzos), un tema que a priori podría interesar solo a los aficionados a correr, pero la magia de este libro, lo que lo ha convertido en un best seller y en una referencia dentro de la literatura deportiva son las historias humanas que se entrelazan en sus páginas.

La narración de una carrera de ultraresistencia en la que los mejores de entre los tarahumara, una tribu de México que ha sabido escapar a la vorágine evolutiva del mundo moderno, y los mejores ultramaratonianos del mundo occidental, sirve de marco para la narración de historias de vida muy emotivas, historias que ofrecen al lector, aunque nunca haya corrido más allá de lo obligatorio en las clases de educación física, las herramientas para comprender porqué la gente se enamora de esa acción tan sencilla como es dar un paso y luego otro, y otro, y otro más…

Podría escribir largo y tendido sobre este libro, pero ya lo han hecho muchos antes y muchos otros seguirán haciéndolo, así que cerraré esta publicación con una reflexión final: Nacidos para correr es uno de esos libros que y rompen la barrera impuesta por su género y desbordan el corsé del público objetivo al que parecen ir dirigidos. Si eres corredor o si alguna vez lo fuiste, disfrutarás su lectura. Si no lo eres ni tienes intención de serlo, disfrutarás su lectura. Te lo recomiendo.

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Hoy todo huele a silencio

Hoy todo huele a silencio.

El agua que arrastra hasta la piedras

una canción de color gris cansado.

Las nieblas que muerden los montes.

Varias aves que cantan desde inasibles rincones.

Un coche que pasa rasgando la bruma.

La lluvia que dibuja tristezas

sobre la piel del pantano.

Hoy el viento no es zarpazo;

no es ni siquiera caricia:

hoy es tan sólo un abismo,

amplio, callado, invisible.

Hoy la luz es portadora de nostalgias,

y se oxida un poco más con cada paso que se aleja.

Hoy todo huele a silencio.

Silencio: esa canción de nadie

que ya casi nunca escuchamos.

Fotografía: Guada Caulín

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Sombras, siluetas.

Avanzaba por la vida arrastrando una fría antología de derrotas junto a alguna dignidad y varias pequeñas victorias. Un millón de recuerdos con cuerpo de acuarela y la consistencia de un suspiro conformaban su tesoro más íntimo. Sombras, siluetas, sucesos que formaban el esqueleto de su pasado.

Así atravesaba los días, surcaba los meses, amontonaba los años. Dócilmente.

Poco a poco, en tardes llenas de calma que, siempre diferentes pero siempre iguales, se habían ido sucediendo— puesta de sol tras puesta de sol—, había ido olvidando lenta, muy lentamente en qué consistía el arte de la vida. Las viejas heridas del amor habían cicatrizado y acabaron por desaparecer. Ya ni rastro había de las huellas de mil pasiones que habían sido testigos de sus mejores noches.

La vida se le había convertido en una gris sucesión de jornadas encadenadas, sin más asomo de novedad que alguna punzada ocasional, algún recuerdo que amenazaba con volver de cuando en cuando (sombras, siluetas), algún resto de pasados naufragios que flotaba a la deriva devorado por el tiempo y por el sol.

Olvidado ya el arte de la vida, todo intento de alegría era perezosamente postergado para mañana. Y triste, muy triste era este caminar por pasillos de ceniza fría, pero más aún lo era su manera de enfrentar ese vacío: —No me importa—, se repetía una y otra vez. — No me importa.

Fotografía: Guada Caulín

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