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David Esteban Entradas

El desenlace de Palabras bajo el cielo de Dugalia está muy cerca

No sois pocos los que os habéis aventurado por las tierras de Dugalia a lo largo de las páginas de las dos primeras novelas de la trilogía. Este post es para informaros de que la tercera entrega, que llevará por título La noche oscura del alma, está cerca, muy cerca de ver la luz. De momento, y para ir abriendo boca, os traigo la portada realizada una vez más por la inigualable Elena Castillo.

En breve iré publicando más información sobre La noche oscura del alma. ¡Seguid atentos y no os despistéis si queréis estar al día!

Portada de la última entrega de la trilogía

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Cada vez más cerca del Oasis

Fragmento del libro El oasis. Reflexiones vaquilleras (click aquí para más información).


Si hay un adjetivo capaz de definir la vida, ese es sin duda el de impredecible. ¿Quién hubiera podido pronosticar, ni aun echando mano de toda la imaginación del mundo, la situación en la que nos íbamos a encontrar tras dar los primeros pasos en ese recién llegado año de 2020?

Esta tormenta global que alcanzó las cuatro esquinas del planeta llegó con tanta fuerza que nos arrancó de un plumazo, de un solo golpe, todos nuestros hábitos, todas las costumbres a las que nos aferramos como sociedad. Y no solo a nosotros, sino a prácticamente todas las sociedades del planeta. A lo largo y ancho del mundo, aviones detenidos, parques vacíos, ciudades fantasmas y sueños congelados.

Y entre esos sueños, el nuestro, el que a lo largo del año más amamos y más anhelamos como turolenses. El sueño de atarnos una vez más el pañuelico al cuello y de salir a la calle a bebernos la vida.

No habrá Vaquilla este año, pero nada impide que los vaquilleros y las vaquilleras podamos reencontrarnos en el territorio delimitado por la nostalgia y por el recuerdo de los momentos vividos.

Recojo aquí una hermosa frase que el psiquiatra Viktor Frankl citaba en su obra más trascendental El hombre en busca de sentido (frase cuya autoría no he conseguido descubrir) y que afirma con rotundidad que ningún poder de la tierra podrá arrancarte lo que ya has vivido.

Hay una verdad enorme dentro de esas palabras. El maldito coronavirus nos ha robado, entre otras muchas cosas, la Vaquilla del año 2020, pero ni él, ni nada, ni nadie podrá robarnos jamás todas esas vaquillas que ya hemos vivido, las que llegaron poniendo punto y final a doce meses de espera, al nerviosismo que nos invade en la recta final, a las ansias desbordantes que uno es ya incapaz de retener desde que, el viernes previo, la traca recorre el espacio que separa la plaza San Juan de la del Torico y atraviesa el tozal llenando el aire de humo, de olor a pólvora y de metas al fin alcanzadas. Las vaquillas que llegaron, como digo, y se marcharon pocos días más tarde, dejándonos más cansados y más tristes pero también más cargados de recuerdos y memorias. Esas memorias ya forman parte de nosotros y de nosotras. A nivel individual y, sobre todo, a nivel colectivo, pues es esa manera que tenemos de vivir la Vaquilla como parte de una tribu, lo que hace de ella algo mágico y trascendente.

No habrá pañuelico este año, no habrá charangas, remojones, ensogados ni regañaos (al menos no dentro del marco en el que tanto nos gusta disfrutarlos), pero nos quedan dos cosas: por un lado el recuerdo, como ya he dicho; por otro la esperanza y la certeza de que pasarán los meses y vendrán nuevas vaquillas. Porque sí. Porque así ha de ser. Porque las tradiciones están ahí para recordarle al tiempo que hay algo más fuerte que él, algo que los pueblos son capaces de perpetuar y de transmitir de generación en generación. La Vaquilla es una de esas tradiciones. Y todos sabemos que volverá.

Mientras tanto, te ofrezco este texto, amigo vaquillero, amiga vaquillera (no dudo de que te consideras tal si estás invirtiendo algo tan valioso como tu tiempo en perderte entre estas palabras), para que lo uses a modo de bálsamo para sobrellevar la ausencia de nuestra fiesta en este extraño año de 2020. Será un bálsamo pobre que apenas alcanzará a calmar el dolor de la ausencia, lo sé, pero tal vez te ayude aunque solo sea un poco a adormecer la tristeza y a matar parte de la ardua espera.

Puedes hacer de estas páginas un territorio para el reencuentro. El reencuentro con los recuerdos, con las emociones, con las risas y con las lágrimas de otros años. Como padre de estas páginas, el mejor regalo que puedo recibir es que tú, lector, que tú, lectora, encuentres en ellas un reflejo, aunque sea leve y lejano, de lo que has vivido durante tus vaquillas particulares, y que en ese reflejo consigas, a pesar de la distancia, a pesar de la nostalgia, verte de nuevo riendo con los tuyos, con el litro en la mano y el pañuelico en el cuello.

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Las cosas que llevaban los hombres que lucharon

De cuando en cuando uno da por casualidad con uno de esos libros que te dan que pensar, que te invitan a la reflexión. Es el caso de Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien.

No suelo leer mucha literatura bélica, pero decidí darle una oportunidad a este libro. Valió la pena.

En sus páginas encontramos un testimonio de primera mano sobre el conflicto de Vietnam (O’Brien luchó en esa guerra), pero no es una enumeración de eventos con descripciones vívidas de hechos y de personas. Es más bien un reflejo psicológico de cómo consiguen los hombres orientar su mirada para no quebrarse cuando hacen frente a situaciones tan extremas como las que pueden vivirse en la guerra, cómo se las arregla la mente humana para escapar de la locura, para sobrevivir al pozo de perdición en el que la vida se convierte en ese entorno.

A través de vivencias propias o de sucesos acontecidos a compañeros suyos O’Brien nos acerca a la mente de los soldados, nos explica la fragilidad y la fortaleza que conviven dentro de ella y las dificultades que los militares tenían para encontrar su sitio en la vida una vez que regresaban a sus hogares. Regresaban para descubrir que tras vivir a la velocidad y con la intensidad que el conflicto había imprimido a sus días, su existencia se había transformado en pura lentitud y en puro hastío. Y muchos no eran capaces de adaptarse a la vida normal.

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon no canta a las grandezas de la guerra (si es que acaso existen), no es una defensa de los valores patrios que llevan a los hombres a matarse unos a otros, es tan solo un retrato, gris, desolador y apagado de cómo los hombres viven la guerra y de las huellas que esta deja en sus vidas. Como muestra, un botón.

Una auténtica historia de guerra nunca es moral. No instruye, ni alienta la virtud, ni sugiere modelos de comportamiento humano correcto, ni impide que los hombres hagan las cosas que los hombres siempre han hecho. Si una historia parece moral, no la creáis. Si al final de una historia de guerra os sentís edificados, o si sentís que una partícula de rectitud se ha salvado de la devastación a gran escala, entonces habéis sido víctimas de una mentira muy antigua y terrible.

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El hombre en busca de sentido

Vivimos tiempos inciertos pero interesantes (aunque uno, sinceramente, preferiría regresar a otros tiempos más anodinos y rutinarios).

Si algo nos ha regalado a la mayoría esta nueva realidad que el coronavirus ha dibujado para nosotros ha sido tiempo para estar con uno mismo, para la reflexión, para aprender a conocernos y a soportarnos mejor. Y también para la lectura.

Uno de los libros que he leído durante las últimas semanas ha sido El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.

Viktor fue un psiquiatra que sufrió un largo encierro en campos de concentración nazis, y no solo sobrevivió a ese encierro, sino que sacó de la experiencia una lectura profunda que le ayudaría a desarrollar la logoterapia, un método  de tratamiento para trastornos y conflictos mentales que acabó convirtiéndose en una de las ramas principales de la psicología.

Es una lectura muy recomendable porque no profundiza demasiado en la parte teórica de su método y además explica muchas de las situaciones que presenció en los campos, y saca de ellas conclusiones fruto del conocimiento profundo del alma humana que desarrolló durante sus años de cautiverio. No en vano asegura que la suya fue la generación que mejor ha llegado a conocer al ser humano. Una afirmación con la cual coincido.

Si tuviera que resumir en una sola frase la lección más importante que me llevo de este libro es la de que las circunstancias de la vida pueden arrebatarnos todo, absolutamente todo, excepto una cosa: la libertad de decidir cómo respondemos a esas circunstancias.

La lectura nos ayuda, nos salva, nos anima o nos acerca a la nostalgia según la situación. Pero también nos enseña. Con este libro he aprendido que, a pesar de la duración y la dureza de este confinamiento, no ha sido nada comparado con lo que miles de personas han superado en el pasado y, sobre todo, he aprendido que tenemos la capacidad de elegir cómo queremos afrontar el encierro y el contacto con el mundo que quedará ahí afuera una vez podamos salir y tratar de recuperar nuestro día a día.

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Abriendo la jaula

Para la mayoría de nosotros, durante muchas semanas han dejado de existir los lunes y los domingos. No importaba si era la lluvia o era el sol quien inundaba las tardes. El calendario y el mapa del tiempo formaban parte de la misma mancha abstracta. Ya no importaba.

Incluso el reloj ha perdido en parte ese poder con el que nos esclaviza siempre, con el que convierte en celdas casi todos nuestros días.

No puedes salir, nos dijeron. No puedes viajar. Prohibidos los abrazos. No puedes trabajar… nos dijeron. No puedes llenar los bares. No puedes tumbarte en los parques. Durante un mes y medio la vida se ha detenido y se ha transformado en una enorme prohibición.

Pero nadie nos dijo: No puedes soñar. No puedes reír. No puedes beber de la magia de los placeres menores. Así que nos quedaba eso. No hay virus sobre la tierra que pueda impedirnos mirar hacia arriba, escuchar la lluvia, ver temblar al viento o nacer al sol. Durante estas semanas hemos cantado, hemos hecho de los balcones nuestros nuevos bares, nuestros nuevos parques. Y en ellos hemos practicado también el largo juego de la paciencia mientras compartíamos la certeza de que pronto, muy pronto, España sería de nuevo un mar de jaulas abiertas.

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Encadenada

Libertad. Te tengo tan cerca y al mismo tiempo tan lejos… Puedo sentirte, verte, olerte, pero me temo que jamás podré vivirte.

Qué desquiciante tortura dormir bajo el inmenso azul del cielo, tocar la risa líquida del agua salada, recibir a diario los besos del sol y escuchar a cada hora la música que trae el viento sin poder partir y disponer de esos tesoros a mi antojo, donde yo lo desee. No conozco más mundo que el que creo con mis sueños.

Malditos sean todos mis eslabones y maldito también mi destino: qué gran pesar vivir por siempre anclada a este lugar y no poder partir si quiera para buscar imposibles: el leviatán, barcos fantasmas, o tal vez ¿qué se yo? Tal vez alguna hermosa sirena a la que amar a ciegas.

Fotografía: Guada Caulín
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Olvidado rey Gudú

Ocurre a veces que alguien encuentra, como por casualidad, su novela fetiche. Esa a la que luego es tan sencillo y agradable regresar de cuando en cuando, por ejemplo en esos raros momentos en que la lista de lecturas futuribles se llena de dudas y no presenta ningún candidato concreto. En esos momentos uno siempre sabe que allí, en aquella estantería, le espera esa novela que se muestra más grande y más profunda con cada nueva lectura, porque cada vez que uno retorna a esas páginas lo hace para recordar, revivir y redescubrir. Lo hace para encontrarse de nuevo con quien fue en un momento del pasado, mientras leía por vez primera (o segunda, o tercera, o cuarta, o…) esa novela, porque en los libros el tiempo no transcurre, y en ese oasis, en esa niebla inmortal en la que el gigante del tiempo está dormido es fácil encontrar un refugio contra el mundo, para que no importe si allí afuera todo se está derrumbando.

En mi caso ese oasis, ese refugio, se llama Olvidado rey Gudú, la obra maestra de Ana María Matute. No voy a extenderme mucho sobre esta novela, solo diré que (si uno tiene la paciencia que requiere una obra con el lirismo y el ritmo narrativo que encontraremos en esta) podrá disfrutar de todos los cuentos de hadas y al mismo tiempo de ninguno, pues Olvidado rey Gudú es un enorme cuento infantil mezclado con la crueldad de la vida, y en ella se muestra con una crudeza descarnada, el efecto del paso del tiempo y su capacidad devastadora para desgastar lo que un día fuimos y jamás volveremos a ser.

Leer Olvidado rey Gudú es sentirse al mismo tiempo acariciado y mordido por la nostalgia.

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Pequeño error

A veces uno comete pequeños errores (error totalmente subsanable en este caso, de hecho, el daño ya está reparado). Me refiero a cuando uno compra un libro y lo deja en la estantería a la espera del tiempo libre necesario para leerlo, un tiempo que, todos lo sabemos, hay ocasiones en las que nunca llega, con lo cual esa pretendida lectura se acaba quedando para siempre en la lista de espera.

Durante un par de meses, día arriba, día abajo, eso es lo que me ha ocurrido con Relatos libertarios, del sin par e ilustre turolense Juan Villalba. A pesar de ser una lectura cómoda y asequible (no llega al centenar de páginas) se quedó en la estantería, más por olvido que por ninguna otra razón hasta que hace unos días volví a ver el libro. Decidí que ya había esperado demasiado y me zambullí de pleno en el primer relato. Este me llevó al segundo y tuve que esforzarme por no dejarme arrastrar de al tercero de manera automática. No quería apurar de un solo trago todo el elixir.

Ahora que ya he paseado a través de todos los relatos debo decir que me encanta la naturalidad con la que cambia de registro, con la que, con ese hilo conductor, ese factor común que es la libertad, Juan nos transporta de una realidad a otra, presentándonos personajes y contextos que nada tienen que ver unos con otros excepto la sombra de su firma personal.

En resumen, y para no extenderme demasiado: lectura cien por cien recomendable por lo ameno de su estilo, por su capacidad para expresar ternura, humanidad, cercanía, irreverencia y tantas otras cualidades.

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