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David Esteban Entradas

Las palabras también tienen abuelos

Las palabras forman parte de nuestra realidad. Son la herramienta a través de la cual exteriorizamos todo lo de nuestro interior y reflejamos todo lo del exterior. Siempre están ahí. Cada día. Cada hora. Pero las usamos sin conocer, la mayoría de las veces, cuál es su pasado, cuál es la historia que las ha traído hasta nuestro tiempo, quiénes son sus antepasados, sus abuelos.

El libro The etymologicon, de Mark Forstyh, explica con un humor finísimo, el origen y la evolución de muchos términos. Se centra en el léxico de la lengua inglesa, pero siempre es posible encontrar en esta los reflejos de alguna palabra de nuestra lengua.

Es en sus páginas donde he descubierto, por ejemplo, que la heroina fue una marca registrada de Bayer, la farmacéutica que la inventó como alternativa a la morfina (nombre que, por cierto, proviene del dios Morfeo por su capacidad para inducir al sueño a quien la consume) para evitar la adicción que esta generaba; el nombre de heroina se les ocurrió cuando preguntaron a sus pacientes cómo se sentían al tomarla y la mayoría dijeron que se sentían como héroes.

Forstyh explica también, entre otras cosas, la relación entre el botulismo, causado por una bacteria que proliferaba en la carne de mala calidad que se usaba para la elaboración de salchichas (botulis, en latín), y el botox, que no es otra cosa que una cantidad mínima de dicha toxina que, inyectada en los músculos faciales, los paraliza dándole al rostro ese aspecto inmóvil que tanto gusta por esas tierras de Hollywood.

Desde luego, cuántas historias esconden las palabras…

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Foto

—Papá, ¿por qué fotografías las hojas? Solo son hojas.

El padre detiene un momento su movimiento a media altura camino de su cara, las manos portando la cámara. Piensa en la magia de la foto: capturar un instante que, de otro modo, se perdería ya para siempre. Como cada instante de este mundo, muriendo nada más nacer.

Piensa que congelar el tiempo, aunque solo sea una insignificante parte del tiempo, un minúsculo aquí y ahora, le acerca un poquito, de una compleja manera que ni él mismo llega a comprender, a la inmortalidad; le permite prolongar la lucha de aquellas hojas contra la muerte, invitar al otoño a quedarse un poco más en aquel parque.

Pero piensa también que los niños están, qué suerte, lejos de las nostalgias que el paso del tiempo arroja contra los adultos.

—Me gustan—, le responde situando su ojo en el visor, encuadrando y disparando.— ¿No te parecen bonitas?— le pregunta sonriéndole.

—Bueno… —contesta el niño mientras coge un palo del suelo y se aleja hacia el agua que, cayendo de la fuente, forma pequeños charcos en la arena a unos metros de distancia.

Fotografía: Guada Caulín

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El invierno

¿Os acordáis de aquel año, cuando el invierno no vino a vernos? Fue una cosa curiosa, un año diferente. Fue como si de camino hacia aquí el invierno se hubiese desviado hacia alguna otra dirección, como si hubiese cambiado de opinión y tomado otra trayectoria.

Parecía como si, en algún punto del camino, se hubiese extraviado, se hubiese desorientado y no hubiese logrado encontrar el modo de llegar hasta aquí.

Aquel año no se helaron las fuentes, los campos no se vistieron de blanco, si no que permanecieron verdes incluso en las noches de enero, y las hojas murieron de aburrimiento en vez de morir de frío.

Si, fue un año diferente. Tal vez el invierno, cansado de seguir siempre la misma ruta, pensó en un lugar cualquiera: — ¡Al carajo!

Y se dio la vuelta en ese mismo lugar.

Fotografía: Guada Caulín
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El abismo de la nada

También nosotras morimos de años. También nosotras tememos al reloj. También nosotras aprendimos que, entre días y noches, a veces cabe la alegría, y a veces sólo la tristeza.

Supimos de arrugas que marcaron nuestras pieles arcillosas, y de grietas, hijas del tiempo, que nos dieron el privilegio de la sabiduría, pero también la conciencia de la vejez.

Cansadas ya de contar inviernos, lentos, tediosos inviernos, hace mucho que descubrimos que el silencio es peligroso: es la forma que la nada tiene de hablarnos.

Y cuando al fin, nuestras vigas, nuestros techos, empezaron a ceder ante el peso de mil memorias acurrucadas entre las tejas, cuando se quebraron y la mirada inconmovible de las estrellas entró en nuestros interiores, ese día comprendimos que el tiempo es un abismo del que rara vez se escapa.

Fotografía: Guada Caulín
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Cuando leer te invita a correr

A veces es hermoso volver a reencontrarse con una lectura. Esta vez me ha sucedido con Nacidos para correr, de Christopher McDougall. Este libro se convirtió hace ya unos añitos en toda una fuente de inspiración para muchos corredores de esa marea imparable que el auge del running ha traído en los últimos tiempos.

Leí el libro hace ya algunos años, cuando yo mismo era un yonki de la zancada. Y me gustó. He vuelto a leerlo ahora, alejado ya de ese mundillo. Y me ha vuelto a gustar.

Está claro que es una lectura con un tema muy específico (las carreras de larga distancia y el largo debate, aún hoy totalmente vigente, sobre las dudosas cualidades del calzado deportivo para corredores y la conveniencia o no de correr descalzos), un tema que a priori podría interesar solo a los aficionados a correr, pero la magia de este libro, lo que lo ha convertido en un best seller y en una referencia dentro de la literatura deportiva son las historias humanas que se entrelazan en sus páginas.

La narración de una carrera de ultraresistencia en la que los mejores de entre los tarahumara, una tribu de México que ha sabido escapar a la vorágine evolutiva del mundo moderno, y los mejores ultramaratonianos del mundo occidental, sirve de marco para la narración de historias de vida muy emotivas, historias que ofrecen al lector, aunque nunca haya corrido más allá de lo obligatorio en las clases de educación física, las herramientas para comprender porqué la gente se enamora de esa acción tan sencilla como es dar un paso y luego otro, y otro, y otro más…

Podría escribir largo y tendido sobre este libro, pero ya lo han hecho muchos antes y muchos otros seguirán haciéndolo, así que cerraré esta publicación con una reflexión final: Nacidos para correr es uno de esos libros que y rompen la barrera impuesta por su género y desbordan el corsé del público objetivo al que parecen ir dirigidos. Si eres corredor o si alguna vez lo fuiste, disfrutarás su lectura. Si no lo eres ni tienes intención de serlo, disfrutarás su lectura. Te lo recomiendo.

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Hoy todo huele a silencio

Hoy todo huele a silencio.

El agua que arrastra hasta la piedras

una canción de color gris cansado.

Las nieblas que muerden los montes.

Varias aves que cantan desde inasibles rincones.

Un coche que pasa rasgando la bruma.

La lluvia que dibuja tristezas

sobre la piel del pantano.

Hoy el viento no es zarpazo;

no es ni siquiera caricia:

hoy es tan sólo un abismo,

amplio, callado, invisible.

Hoy la luz es portadora de nostalgias,

y se oxida un poco más con cada paso que se aleja.

Hoy todo huele a silencio.

Silencio: esa canción de nadie

que ya casi nunca escuchamos.

Fotografía: Guada Caulín

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Sombras, siluetas.

Avanzaba por la vida arrastrando una fría antología de derrotas junto a alguna dignidad y varias pequeñas victorias. Un millón de recuerdos con cuerpo de acuarela y la consistencia de un suspiro conformaban su tesoro más íntimo. Sombras, siluetas, sucesos que formaban el esqueleto de su pasado.

Así atravesaba los días, surcaba los meses, amontonaba los años. Dócilmente.

Poco a poco, en tardes llenas de calma que, siempre diferentes pero siempre iguales, se habían ido sucediendo— puesta de sol tras puesta de sol—, había ido olvidando lenta, muy lentamente en qué consistía el arte de la vida. Las viejas heridas del amor habían cicatrizado y acabaron por desaparecer. Ya ni rastro había de las huellas de mil pasiones que habían sido testigos de sus mejores noches.

La vida se le había convertido en una gris sucesión de jornadas encadenadas, sin más asomo de novedad que alguna punzada ocasional, algún recuerdo que amenazaba con volver de cuando en cuando (sombras, siluetas), algún resto de pasados naufragios que flotaba a la deriva devorado por el tiempo y por el sol.

Olvidado ya el arte de la vida, todo intento de alegría era perezosamente postergado para mañana. Y triste, muy triste era este caminar por pasillos de ceniza fría, pero más aún lo era su manera de enfrentar ese vacío: —No me importa—, se repetía una y otra vez. — No me importa.

Fotografía: Guada Caulín

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La espía

Jamás he vuelto a sentirme tan viva como durante aquel instante en el que salí de la habitación de aquel viejo general llevándome conmigo los secretos sobre sus planes. Hubiera gritado de euforia allí mismo.

Cuando me propusieron aquella locura un año antes me eché a temblar. Pero pronto descubrí que era buena. Muy buena.

Todo empezaba con la conversación: los temas precisos, con ciertas opiniones, a medio camino entre el atrevimiento y la controversia, solían ser el gancho perfecto para que se fijasen en mí. Mezclar las palabras con una frívola coquetería hacía que mis víctimas recordasen mi cara y mi nombre; así plantaba en ellos la semilla del deseo.

Pero también comprendí cuál era el arma perfecta de una buena espía. El golpe definitivo venía siempre desde la mirada.

Los gestos y las palabras contaban una historia, pero los ojos debían contar otra; debían convertirse en una invitación al misterio, en una bruma imposible de desentrañar, en un abismo donde caben todos los sueños del hombre.

Una vez logrado eso, aquellos pobres ilusos caían en mi red sin salvación posible.

Fotografía: Guada Caulín

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Un ruido muy agradable

En ocasiones ocurre que uno se cruza con un libro cuya lectura es capaz de sacudirle, de rascarle muy adentro, de devolverle el sabor de la lectura porque sí, por el simple placer de la lectura. En mi caso, acaba de ocurrirme con Ruido de zuecos, de Severino Pallaruelo.

Desconocía la existencia de este libro, una obra que llegó a mí en forma de regalo doble: por un lado el libro físico en sí (amaneció un día en mi buzón casi sin previo aviso, enviado por un amigo) y por otro lado el regalo del descubrimiento de todas las historias que caben entre sus páginas.

Ruido de zuecos construye, a lo largo de las vidas de tres personajes principales y de sus tres generaciones, un retrato real, muy real, del modo de vida de las gentes de montaña, de quienes poblaron los pueblos pirenaicos que poco a poco se secaron como se secarán un día los glaciares que decoran algunas de esas montañas.

Entre relatos teñidos de nostalgia, el autor nos muestra el día a día de unas existencias que, sin ellas saberlo, estaban condenadas a la desaparición ante el avance de otras sociedades, otros modos de vida y otras maneras de afrontar la existencia.

Como muestra, un par de botones.

Lo que nos va pasando cada día, las sensaciones, los sentimientos, viven diluidos en las claras aguas del alma. Como están diluidos, apenas notamos la fuerza de su sabor. Pero luego, con el paso de los años, todo eso se va decantando, se deposita en el fondo y luego se seca. Queda allí, en algún rincón del alma, guardado en forma de costras o de pastillas de concentrados especiales cuya presencia no se hace notar. Pero de repente, si les alcanza un chubasco, un poquito de agua, algo de humedad, vuelven a diluirse y llenan el alma del mismo gusto de otros días, del mismo sabor de los tiempos lejanos, pero más elaborado, más puro, como el de un vino añejo o un caldo espeso.


Cuatro horas, perdidas en la lejanía del éter infinito donde duerme todo lo que fue y ya no es, los acontecimientos, las sensaciones, los deseos, los sentimientos que existieron y que murieron, todo acumulado en el aire invisible, en la nada donde se amontona todo lo que sucede. Desde allí retornan para torturar, solo para eso, cuatro horas que tuvieron cara alegre y después, cuando regresan del armario imprevisible del recuerdo, ofrecen el otro lado de su rostro, tan amargo como dulce fue el lado primero que, entre besos, mostraron.

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La luz de la noche

Las cuatro siluetas se alejaron, antorchas en mano y pronto fueron tragadas por el abrazo de la noche. Tras ellos dejaban el cadáver de aquel hombre, brutalmente apaleado sobre el suelo de aquella escondida ermita. Todos ellos sabían que las acusaciones de brujería que pesaban sobre él eran fruto de las supersticiones más infundadas y chabacanas, pero su origen incierto, sus extraños viajes, que solían alejarle de la aldea durante meses y la locura de su padre, habían sido el caldo de cultivo perfecto para que un temor irreverente y violento creciese entre la mayor parte de los vecinos.

Muchos estaban totalmente convencidos del origen satánico de aquel pobre diablo, pero no ellos cuatro. Ellos solo eran oportunistas. Su muerte dejaría una jugosa herencia sin nadie que la reclamase: las tierras que se extendían entre el molino y el camino del sur. Ellos acababan de llevar a cabo la tarea que todo el mundo reclamaba pero nadie se atrevía a hacer, así que se habían ganado el derecho a apropiarse de sus tierras.

Cuando el fulgor inexplicable surgió del interior de la ermita besando con fuerza los muros y llenando de luz por un instante aquel claro perdido del bosque, nadie fue testigo, pues nadie había ya por allí. Tampoco hubo nadie al día siguiente, ni al siguiente, ni en las semanas o meses que vinieron después. Nadie que pudiese preguntarse qué extraña fuerza había reclamado el cadáver aún caliente, y lo había hecho desvanecerse como una pluma en una tormenta.

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